
Por Mª José Merás Menéndez
Ella no nació en ningún sitio en particular ó al menos, así era como lo sentía su familia paterna, provenía de militares y ya se sabe, abuelos, tías y hermanas cada cual nacidos ocasionalmente en lugares distintos. Conoció hace años, muchos, la isla de Lanzarote. Se enamoró de ella, quiso conocerla a fondo. Se fue a vivir a Lanzarote. Caminó por dentro de sus volcanes, se bañó en todas sus playas desde Órzola a Playa Blanca. Bebió vino de todas sus bodegas. Tomó el sol, el viento… Le encantaba sentir el viento cuando ponía el pie en la isla al bajar del avión. Quería más, sentía cada día más a esta isla a la que llamó tierra de flores de piedra, y quiso engendrar vida en ella. Después de algunas noches de amar bajo el cielo estrellado de Timanfaya… tuvo una hija. Preciosa hija, en cuya mirada se reflejaba el cielo de Lanzarote y su risa era como el aire limpio que rodea la isla y en su interior crece el calor y la energía que le da la tierra. Y sonrió porque al fin se sintió llena, arraigada, se dio cuenta de que había echado raíces. Y fue feliz. Y pensó que Lanzarote era un buen sitio para nacer, vivir, morir, incluso renacer.
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