Por Myriam Ybot
Subida en el avión, mira por la ventanilla. Los espacios que se abrían en el mar de nubes le permitían adivinar un océano inmenso bajo sus pies.
Viajaba a Lanzarote con un contrato de un año. Atrás quedaban las prácticas en revistas de mala muerte, los viajes sin rumbo, las colaboraciones gratuitas y la casa de sus padres.
Recordaba la isla de años atrás, cuando la visitó con una amiga. Le gustó tanto que soñó con regresar allí a trabajar una temporada. Incluso llegaron a ofrecerle algo en el sector turístico, -“es fácil, con inglés te colocas seguro”-, pero finalmente apuntó a Londres, la otra posible experiencia iniciática y vital.
Ahora sus deseos se habían hecho realidad, como le ocurría a las princesas de los cuentos. Veintipico años, un contrato y la vida por delante. El anuncio del aterrizaje la pilló embebida en sus pensamientos. Casi se sobresaltó cuando el avión planeo sobre el mar, con la barriga pegada al agua.
El aeropuerto, menudo y blanco, volvió a entusiasmarla y a recordarle las pistas africanas donde aterrizan los cazadores blancos, las pelis de Tarzán de su infancia. Como el hecho de abandonar el avión por unas escalerillas y caminar hacia el edificio, en lugar de utilizar el moderno “finger” de los grandes aeropuertos.
El sol la cegó en aquel mes de abril Lanzarote, cálido y ligeramente ventoso. Cada paso le acercaba a puerta de un nueva vida, que todavía no podía imaginar.
Cuando mira hacia atrás, casi 20 años después, recuerda el olor del mar, metido en su nariz, la sensación nueva de la humedad pegajosa, los nervios atenazando su estómago, la brisa, el peso de una maleta que, aunque entonces no lo supiera, trasladaba su vida definitivamente.
Felizmente para siempre.

Es sólo una pequeña corrección: no es Guacimeda sino GUACIMETA.
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