10.9.09

CUEVA DE LOS JAMEOS


Por Maria José Merás Menéndez

Ana visitó Lanzarote invitada por la hermana de la amiga con quién compartía piso en Madrid y, ¡cómo no!, fue llevada por sus anfitriones a la cueva de Jameos. Quedó maravillada del lugar tan singular. Se sobrecogió del caminar por el pasillito de piedras que bordea el lago.
Al subir había el auditorio, a cielo descubierto encontró la explanada de paste flamea que rodea la piscina.Se descalzó quería saber si era una pasta resbaladiza, rasposa, ó suave. Era una curiosa redomada y quería sentirle bajo sus pies.
Se quedó sorprendida cuando vio que unos extranjeros se bañaban en la piscina y nadie les llamó la atención. Hizo lo propio, sacó el bikini de la bolsa y se lanzó también a la piscina. Descubrió que se podía
deslizar, a modo de tobogán, por la parte más alta la que estaba pegada al auditorio. Pero… en una de sus subidas se resbaló y se torció el tobillo. Le hizo daño. No obstante se dejó acompañar por la hermana de su amiga a los aseos y allí se vistió para marcharse. Se dejó olvidado el bikini en la percha de la puerta del aseo.
Siempre que cuenta esta experiencia a sus hijos y a quien quiera oírle explica que no le importó nada perder el bikini. Que había comprado expresamente para su viaje a Lanzarote ni torcerse el tobillo. Dice que la sensación de notar como una especie de nieve solidificada pero no fría bajo s
us pies le compensa del recuerdo tan maravilloso de su viaje.

Cierto es, que los viajes nos descubren cosas nuevas. Nos descubren además de los lugares que visitamos capacidad de no sentirnos defraudados por un pequeño tropiezo y saber entresacar aquello que nos ha impactado de forma sensorial y lo que es más importante ser también capaces de guardarlo en el recuerdo como algo bueno digno de ser contado.

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